La habitación de la voz misteriosa

Alex Maliraut

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Alex Maliraut

Translated by Alicia Martorell

Este año estoy muy enojado. Para librarse de mí en la noche de Halloween, mis padres decidieron dejarme en casa de mi abuela, una anciana arrugada que solo veo una vez al año. Ni siquiera sé si he hablado alguna vez con ella.

Puse mala cara durante todo el viaje hasta su casa, un barrio nauseabundo y lleno de viejos. Todas las casas están en un estado lamentable, no me extrañaría que tuvieran fantasmas. La de la abuela está rodeada de una valla de madera podrida y el jardín está lleno de árboles muertos.

En el momento en que se detiene el coche, la pesada puerta de entrada se abre dando paso a la abuela y a un gato negro de ojos amarillos. Bajan por el camino de entrada para recibirnos. Mis padres me dan un empujón y las buenas noches. La abuela hace una mueca, seguramente tan encantada como yo de que pasemos juntos la velada.

Me doy la vuelta, lleno de tristeza, pero mis padres ya están en el coche y me saludan con grandes aspavientos antes de largarse a toda velocidad. Me han abandonado con la vieja, que me lanza una mirada helada.

—Así que te llamas Tobías...
—No, soy Tomás.
—¿Eres mayor de edad?
—¡Tengo diez años!
—Ah... —me contesta con cara de acelga—. Pues entonces más vale que te cuide bien, o tus padres me montarán una escena. ¡Sígueme!

Avanzo tras ella de muy mala gana. Nubes negras oscurecen el cielo, la noche cae de golpe y el viento emite sonidos lúgubres. Sin darme cuenta, estoy acelerando para entrar en la casa.

El interior tampoco es muy acogedor, pero al menos no hace frío. La abuela me señala con el dedo una cabeza de venado con unas ropas colgadas de los cuernos. Deduzco que puedo dejar allí el abrigo.

La decoración es muy curiosa. Todo está muy viejo, pero hay algo más. La abuela se desploma en una mecedora y me señala un taburete cerca de la mesa, en el que me siento.

—Tengo que salir a hacer unas compras, así que estas son las reglas de la casa: detrás tienes tres refrigeradores. Si tienes hambre, saca algo de la amarilla, pero no abras las otras dos, huelen fatal. Arriba tienes una biblioteca, si te gusta leer. En el sótano no hay nada interesante, pero si te aburres puedes bajar a echar un vistazo. Si necesitas algo, pregunta a Mialord, conoce muy bien la casa.

A estas palabras, responde un maullido a mis espaldas que me sobresalta. El gato se acerca y se refriega contra sus piernas. ¡Me había olvidado del bicho!

Cuando mi pulso se estabiliza, reúno valor para hacer una pregunta:

—¿Por aquí se celebra Halloween?
—Uf, aquí todo el mundo está muerto o intenta hablar con los muertos. Es muy tranquilo. No hay niños. Menos mal.

Me guiña el ojo de forma muy rara y añade:

—Si no tienes más preguntas, vuelvo en un par de horas. ¡No hagas tonterías!

Salta del sillón, atrapa un enorme paraguas y un sombrero puntiagudo y sale antes de que pueda decir ni mú. Estoy perdido en el inmenso salón, lleno de objetos extraños. Miro fijamente al gato y le digo tontamente:

—¿Qué se puede hacer de divertido por aquí?
—Bueno, arriba hay algunos libros de necromancia muy adecuados para la ocasión, pero para mí lo mejor es la colección de anfibios en formol escondida en el sótano.

Me caigo del taburete y retrocedo precipitadamente hasta chocar con una mesita, sobre la que una enorme estatua está a punto de caerme encima.

—¡Eh! Ten cuidado, eso vale una fortuna.
—¿Estás hablando o me he vuelto loco?
—¡Las dos cosas! Es una broma. Pero yo sí que estoy un poco loco, si te interesa saberlo.

Me levanto, recupero la serenidad y decido hablar con Mialord como si fuera algo totalmente normal.

—Bueno, entonces vamos a hacer esas cosas divertidas. Te sigo.
—¡Pues vamos allá grumete!

Salta hacia las escaleras y yo subo detrás. Es una casa inmensa, aunque nadie lo diría, vista desde fuera. ¡Incluso tiene varios pisos!

Llegamos a la biblioteca. Es inmensa y muy bonita, con libros muy bien encuadernados, pero llenos de dibujos repugnantes. Subimos al otro piso para ver dibujos astrológicos. Por el camino, veo una pesada puerta de acero, cerrada con un enorme candado.

Me acerco y tiro: está cerrada. Una voz ronca resuena detrás del muro: «¡Déjame salir!».

¡Vaya! ¡Otra cosa rara! Me parece que hay más de la cuenta.

—No abras esa puerta, ¡es peligroso! —me dice Mialord—. ¡Vamos, marinero, nos espera la constelación de Centauro!

Me alejo de la puerta de la que sale de nuevo esa voz...

Pasa el tiempo. Hemos recorrido toda la casa y la abuela sigue sin volver, pero no me aburro con Mialord. Me ha explicado que, en una vida anterior, fue capitán de un barco, pero hizo algo malo a su tripulación, le maldijeron y se reencarnó en un gato. Digamos que le creo, pero en todo caso tiene razón: la colección de criaturas del sótano es impresionante. Seguimos revolviendo, hay algunas herramientas extrañas. Entre las herramientas, encuentro un enorme juego de llaves. ¿Qué abrirán? Solo hay una forma de saberlo...

Abandono a Mialord, que se ha ido a cazar ratones, y subo para intentar abrir cada puerta cerrada que veo. La primera es un armario de escobas. Las otras son habitaciones vacías o en ruinas.

En la segunda planta, llego a la puerta prohibida. Una vocecita me dice que pase de largo. Subo al tercer piso. Allí hay un laboratorio con algunos recipientes echando humo. También hay un cuarto de baño y una habitación polvorienta.

En el cuarto piso las llaves no abren ninguna puerta. Decepcionado, bajo las escaleras corriendo. Cuando llego a la gran puerta, decido intentar abrirla.

Me acerco a la pesada puerta metálica, vuelvo a escuchar la voz ronca y ahogada. Me suplica que abra, escucho unas garras arañando el acero. Me digo que no es normal que en una casa haya gente encerrada. La primera llave que pruebo no entra en la cerradura. La segunda, sí, pero no gira. Al probar con la tercera se oye un clic. Retiro el candado y la puerta se abre con un chirrido terrorífico.

Tiro de la pesada puerta y la abro con dificultad. En el interior hay un ser peludo y encadenado. Alza la cabeza y me mira, tiene una boca enorme, llena de colmillos. Apenas tengo tiempo de retroceder: se abalanza sobre mí dando aullidos. Las cadenas lo sujetan, pero estoy al alcance de sus garras.

De repente, un rayo azul lanza a la criatura al fondo de la estrecha habitación. Otro rayo cierra bruscamente la puerta. Me doy la vuelta y veo a la abuela apuntando con el paraguas.

—¡Vaya, has conocido al abuelo! No está en su mejor día, tiene problemillas con la luna llena. Una vez casi se come a tu madre cuando era pequeña. Ella no se acuerda, claro. Bueno, hombrecito, creo que te tengo que contar algunas cosas. Ahora que has venido a verme, necesitarás algunas explicaciones.

Me toma por el hombro, con una sonrisa, como si por fin me pudiera hablar francamente. Creo que voy a intimar con la abuela, una mujer encantadora, después de todo. Y los gatos que hablan son mucho más divertidos.

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